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Las andanzas e infortunios del Mightyena errante

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  • Pokémon Las andanzas e infortunios del Mightyena errante

    Las andanzas y vestigios del errante Mightyena.

    SONETO: DEL AUTOR PARA EL MIGHTYENA ERRANTE

    Tuyas fueron las más altas fechorías,
    hombres requieren doctos y sesudos,
    y yo soy el menguado entre los rudos,
    que quiso escribir tus más porfías.
    Puesto que había un sin fin de días
    que la Fama escondía en libros mudos
    los hechos más gallardos y cabezudos
    que se han visto desde Dagáa hasta el fin del mundo,
    hago entrega, nobles lectores,
    de las sandeces sin medida
    del errabundo cachorro Mightyena
    que escarmentéis en sus osadías;
    que el vivir aceleradamente, a lo loco.
    ¡no puede haber mejor solaz de vida!

    Capítulo primero: de lo que le aconteció al Mightyena errante antes de ser bautizado como tal.

    De los once cachorros nacidos en Wymme, un pequeño burgo portuario en las costas de Dagáa, pueblo nacido de las antiguas divisiones de Arcángel en el naciente anglosajón, de las que ahora existen tres condados minoritarios. No ha mucho tiempo de los ardidos enfrentamientos civiles, en una inmunda y malbaratada taberna ubicada a lo largo de una carretera en dirección al puerto, dieron a luz once poochyenas desnudos sobre el andrajo y sin un pan bajo el brazo, reguardados junto a su depauperada madre en el sótano de la taberna Mahone Inn, perteneciente a un simpático hacendado de traza robusta y ademán jaranero que rozaba los sesenta años de edad; aquel no era una especie de agradable hospitalario, si no un aficionado a la crianza pokémon, y era tanta su afinidad y gusto que pokémon salvaje que veía, pokémon que quería para su hacienda, y no faltaron oportunidades en las que, cegado por la oportunidad de adquirir otra criatura, se ganó una violenta reprenda de parte de su verdadero propietario.

    Al cabo de un poco más de tres días, de los once cachorros iniciales quedaron ocho, quienes dos de ellos murieron apenas un día después de haber nacido a causa de las bruscas atenciones de su primeriza madre, otro de ellos, el mas pequeño de la reciente manada, sucumbió pronto debido a sus precoces fallos vitales.

    Es de saber que de los mencionados cachorros había uno en particular que, a diferencia de sus hastiados y soporíferos hermanos, este era un verdadero alborotador, pasaba las horas del día meneándose y sacudiéndose por toda la taberna gruñendo y vociferando frustrados ladridos, y tal era su jovialidad e inquietud, que al segundo día desde su nacimiento ya había aprendido a caminar como todo un señorito, haciendo gala de su encanto y simpatía.

    Al cuarto día ya era todo un patán, se la pasaba merodeando por la bodega oliendo cada uno de los numerosos licores del lugar, y cuando no estaba en aquello, se dedicaba a pasar el día en la taberna, dando exagerados y malogrados brincos e inacabables piruetas que terminaban agotándolo y volteándolo de la torpeza, todas estas y demás monadas para llamar la atención de los clientes, quienes en pocos días le habían cogido un gran cariño.

    Al séptimo día ya era un gran bailarín, acostumbraba a subirse sobre el angosto mostrador de caoba barnizada a realizar sus monerías. Le gustaba demasiado siete noches borrachas, su júbilo y algazara lograban de él los mejores pasos de baile, que los ilustraba en iracundas cabriolas, aunque mejor estaba con la juerga en la mañana, cual danzaba realizando torpes y frenéticas piruetas a lo largo del tablero.

    Al decimoquinto día ya hablaba el latín y el francés, paseábase de aquí para allá a lo largo de la espaciosa taberna, meneándose con chispa y gracejo repitiendo con fervor: La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera que mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura.

    Divertíase demasiado ladrándole a los ponyta y rapidash del establo, era aquella una de sus diabluras favoritas, apresurábase a acertarle mordiscones en sus tarsos y a arrancarles los pelos del sus colas, y a levantarles una pata aferrándose a sus pezuñas, de modo que estos volteaban airados a gritarle, a lo que el poochyena huía aterrado, para al cabo de algunos segundos regresar con la misma rabia y energía a fastidiarlos nuevamente. Llegaron a pensar los laburantes de la hacienda que todo el brío y viveza que sus pusilánimes hermanos no poseían fueron a parar a él, no faltaban oportunidades en las que era necesario suministrarle polvo somnífero para que este se sosegara; rogábase también el cura del pueblo que este pronto partiera, el diablo puede encarnar en muchas formas.

    Fueron así pasando sus días en la taberna, y estando de monería en monería, y de diablura en diablura, al trigésimo segundo día ya era un guapo y presto mightyena, con su lomo atestado de un desbordante y escabroso pelaje, teñido en un profundo negro alquitrán que en semejantes criaturas se pintan. Asomábase entonces al balconcito en la buhardilla de la taberna, apenas cercado con rejas de creosota, donde durmió durante las cálidas y cortas noches de Julio; aquel balcón (de aproximadamente seis pies de largo) apuntaba hacia la peñascosa carretera lo suficientemente ancha como para asistir las lujosas carrocerías de ébano que trajeron los navíos desde la capital, desde entonces era muy común el ruido del látigo al golpear los delgados lomos de los rapidash, los pokémon callejeros toreando rabiosos a estos, y alguna que otra risotada o reverencia de un transeúnte. Pronto, divisó de pie sobre el bordillo de la acera, un joven mozo que se agitaba en sentido al pórtico de la taberna de tal modo que una parvada de pidgey huyeron asustados de las ventanas del salón.

    — ¡Erin! — que así se llamaba el hacendado — ¡el chimchar que me vendió es un gamberro sinvergüenza! ¡si usted viera! ¡hasta ahora no me ha ayudado en la labranza! ¡qué digo! ¡no me ha ayudado en nada! ¡si usted supiera! ¡lo único que hizo hasta ahora fue quemar el heno y asustar al ganado! ¡válgame dios! ¿¡sabe usted cuantas filas de patatas incineró!? ¡nueve!

    — ¡Comience a hablar usted bien del monito! — respondió el susodicho Erin, mientras atendía su taberna como de costumbre

    — ¡Porqué he de hacerlo! — dijo el joven, de nuevo encolerizado

    — ¡Así nunca se lo venderá a algún cretino, camarada!

    — ¡Maldito usted y todos sus cimientos!
    Last edited by Debora Baines; 01/04/2018, 13:12.
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