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Eva: The Second

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  • Mini-Fiction Eva: The Second

    EVA
    - THE SECOND -



    Género:
    Sobrenatural

    Sinopsis:

    Eva no es una chica normal. Nacida de la costilla de un ser llamado Adán, es el fruto de años de investigación científica en la ciudad angelical de Haven; pero un día, cansada de la discriminación hacia su persona, decide viajar a Edén para buscar la verdad sobre sus orígenes y el misterioso destino que le ha sido asignado.


    Índice de capítulos:

    #01
    #02
    #03
    #04
    #05
    #06
    #07

    AVISO: Este relato no pretende ofender, desprestigiar ni mal informar en ningún momento a la religión en la que ha sido basada; no es más que una historia de ficción con el fin de entretener, sin ánimo de lucro alguno.



    #01

    Eva (The Second) - #01: 
    Caminaba sola, mirando el cielo.
    Un vasto firmamento púrpura, oscuro, como era siempre.
    Difuminada entre la gente, cruzaba el Puente Áureo sin pararse a echar un vistazo a la gente a su alrededor; un cúmulo de seres que nada tenían que ver con su especie y, aun así, serían tan idénticos como ella si no fuera por cierto detalle.
    Sus alas.
    Grandes, fuertes, clavadas en la espalda.
    Una extensión exagerada de los omoplatos, hecha más carne que huesos en los extremos, que les otorgaba un don del que a ella se le había privado: poder volar.
    Eva había nacido de una forma muy peculiar, en aquella excéntrica ciudad. Tras experimentos con el que más tarde sería su “hermano” mayor, fue creada de una de las costillas de un ser conocido como Adán mediante ingeniería genética. Un intento absurdo de los ángeles, esos racionales humanos alados, para comprender mejor la última creación que su dios hizo antes de sucumbir a lo que llamaban Gran Letargo.
    Pero, para Eva, ese dios no era más que un ser desconocido; un ente que solo existía en los escritos de las bibliotecas y alguna leyenda vieja, arrugada en la estantería de cualquier librería barata. ¿Qué le importaba a ella los desvaríos de unos fanáticos? Estaba segura de que ese tal dios había muerto hace tiempo, incluso lo imaginaba con un aspecto similar a esos científicos y ciudadanos alados.
    Con este pensamiento, se convirtió rápidamente en una niña problemática y desafiante; sin acatar las reglas, siempre yendo a su propio ritmo. Lo que se podría decir a medio camino de la herejía, incluso; pues, de hecho, apenas creía en las leyes sagradas. Tan solo le preocupaba no saber qué se siente al volar, o tener esos poderes psíquicos que se conocían como Hesed. Muchas veces reprochaba el no poder surcar los cielos como el resto de ciudadanos, quejándose de mala manera. Y no era para menos, pues aquella carencia la hacía diferente a los demás y era un claro rasgo de inferioridad social.
    Esto, con el tiempo, despertó en ella cierto complejo sobre sí misma.
    A veces, se pasaba horas mirándose la espalda en el espejo de su habitación; cogía un par de cojines y se los colocaba con un cordón a modo de alas, tratando de imaginarse cómo habría sido nacer siendo ángel.
    Pero tener alas no era suficiente para parecerse a ellos.
    Los ángeles tenían un tono de piel muy peculiar; ya que fueran blancos, negros, o un entremedio mulato, siempre poseían el mismo resplandor dorado que se hacía más intenso cuando estaban cerca de algún lugar iluminado. Y no solo la piel, pues poseían el mismo brillo en el iris de sus ojos. Un toque áureo que, claramente, los hacía verse diferentes a como era ella; pues, a pesar de ser pálida y de ojos claros, carecía de todas esas cualidades. Un motivo por el que, más de una vez, sus compañeros de instituto la llamaran “la apagada”.
    Ella odiaba ese mote.
    Y lo despreciaba sobretodo porque, de entre todas las personas, quién se lo puso por primera vez fue Uriel; un ángel superior, de los que rozan el poder psíquico de los querubines, protector político de toda la ciudad de Haven así como las fronteras que daban a las afueras y, además, su tutor legal desde que fue creada en uno de los laboratorios de la corporación YHWH. La misma empresa de la cual él era un accionista importante.
    No se llevaban muy bien.
    Uriel era recto, estricto, siempre buscando resultados aún por encima de las repercusiones sociales; le interesaba la gente productiva, y casi parecía carecer de emociones. Era un ser prácticamente racional o, al menos, eso era lo que aparentaba.
    Podría decirse que era lo opuesto a la personalidad rebelde de Eva.
    Muchas veces había recibido duros castigos por su parte; desde no salir de casa, hasta recibir un “suave” ataque psíquico. Perfectamente soportable, pero irritante. Y casi siempre era por el mismo motivo: las peleas donde más de una vez Eva, llevada por la ira, se había pegado con algún que otro compañero de clase en el instituto.
    —¡Eva!— exclamaba Uriel en aquellas ocasiones —¡Tu conducta es deleznable!
    Pero ella tan solo miraba para otro lado mientras hacía un gesto despectivo, y se refugiaba en su habitación tras dar un portazo que retumbaba la pared. Hacía tiempo que se había cansado de repetir una y otra vez que tan solo se defendía de los insultos y desprecios de sus “compañeros” de clase. Para ellos, Eva no era más que un bicho raro; un espécimen de laboratorio, nacida de la costilla de un ser único llamado Adán.
    Tan solo era el clon de una especie única, la humana.
    ¿Por qué había nacido? ¿Para qué? No dejaba de preguntárselo, y más de una vez se lo había reprochado a Uriel en sus discusiones familiares. Pero siempre recibía la misma respuesta.
    —Lo entenderás a su debido tiempo.
    ¿Y qué significaba eso? No eran más que palabras vacías, carentes de sentido. Una mera excusa para no decir la pura realidad: ella no había sido más que un absurdo experimento, creado para sus fines fanáticos religiosos.
    —¡Solo pensabais en entender la creación de vuestro estúpido Dios!— gritó una vez Eva en un estallido de cólera —¿Alguna vez pensasteis mí? ¡¿En cómo me sentiría?!
    Estaba muy furiosa ese día. Una compañera de clase le había dicho algo que la marcaría para siempre, y de lo que jamás podría huir.
    “No eres más que la sombra de Adán”.
    Fue algo que no debería de haberle molestado, ya que había recibido insultos mucho peores; pero, por alguna razón, de aquellas palabras emergería una duda en su interior de la que antes no se había percatado. Una pregunta latente, dormida, que no había despertado hasta ahora.
    ¿Quién era Adán?
    Hasta ese momento, nunca se había preocupado por ello. Sabía lo que le habían contado, así como en viejas historias de ángeles ancianos respecto la creación de aquél ser que, según ellos, había sido un intento fallido de Dios en hacer un ente único a su propia imagen y semejanza, más allá de los ángeles, los querubines o esos que había visto en mitología que se hacían llamar Serafines.
    Pero, según las leyendas, nunca logró tal cometido.
    Ya que, al fin y al cabo, por ese tiempo Dios ya estaba muy débil tras partir el Planeta Rojo de donde nacería El Mundo; demasiado enfermo para conservar un mínimo de su poder original, creando a un ser inútil y cayendo en el Gran Letargo.
    Pero, ¿era cierto? Es decir, ¿realmente fue así?
    Eva nunca se había preocupado de buscar a ese ser del que había nacido. Ni siquiera tenía claro que fueran iguales, o de la misma espécie. Tan solo sabía lo que le habían contado los ciudadanos mediante relatos mitológicos, y lo que le había dicho Uriel: una persona igual a ella, pero del sexo opuesto y más “agradable” de carácter. Aunque, al final, no sabía nada por ella misma. Quizá era verdad, o tal vez todo era mentira.
    Incluso, probablemente, ese tal Adán no hubiera nacido de ningún ser divino.
    A lo mejor Dios no existía.
    ¿Cómo había podido vivir ignorando todo aquello?
    —¡Eva!— exclamaba Uriel, indignado —¡Vuelve aquí ahora mismo!
    Pero ella ya no escuchaba.
    Cogió su chaqueta de algodón celeste, de esas que se hacen con las nubes y un toque del poder de Hesed materializado, y se la puso por encima de la blusa que le hacía juego con la falda que rozaba las rodillas; acto seguido, se puso las botas de cuero, metió un par de gominolas en su bolso y bajó por las escaleras hasta el portal que daba a la calle.
    Se marchó sin más.

    *******

    —¡Eva!
    Los gritos de Uriel resonaron por toda la calle, pero Eva echó a correr con todas sus fuerzas y desapareció entre la muchedumbre. Un torrente de emociones se desbordaba en su pecho, sin poder controlarlo de ninguna forma posible.
    Todas las personas, las tiendas, las calles, el cielo púrpura de aquella tarde oscura, pasaban de forma fugaz ante sus ojos aguamarina. No podía soportar estar ahí, en aquella civilización perfeccionista y autómata; donde tan solo importaba la apariencia de ser un ente digno, perfecto, libre de pecado.
    Mentiras.
    Una ciudad donde nadie sabía nada sobre ella. Donde ya ninguna persona recordaba haber visto a ese Dios al que tanto alababan; un lugar lleno de incertidumbre, al menos, para las respuestas que ella siempre había buscado.
    Todo mentira.
    En ese momento lo supo. En ese instante que aquella compañera de clase le dijo eso, comprendió que había estado viviendo en una burbuja de ignorancia; la gente sabía muy bien quién era ese Adán, pues al fin y al cabo bien que lo habían usado para crearla a ella a partir de aquella estúpida costilla. La estaban engañando o, al menos, no le estaban contando toda la verdad.
    Su vida en Haven no cuadraba.
    El hecho mismo de estar viviendo apartada de su origen no encajaba; pues los ángeles siempre habían vivido sabiendo sobre su supuesto pasado y raíces. ¿Y ella? ¿Qué sabía ella de su progenitor? ¿Qué le habían contado más que historias vagas y carentes de sentido alguno? Tan solo leyendas vanas de algo que ha pasado no hace tanto.
    Pero ella lo descubriría por sí misma. Sí. Estaba dispuesta a hacerlo.
    Y sabía bien a dónde ir.
    Desde que nació, había un lugar al que tan solo ella no le estaba permitido ir; siempre se decía que la zona prohibida llamada Edén era un lugar peligroso, pero incluso en las excursiones escolares todos los ángeles habían ido a ver el valle que había a la entrada de aquél inmenso jardín que parecía una jungla.
    Todos menos ella fueron a ese lugar.
    Lo recordaba muy bien porque tenía muchas ganar de ir. Pero tuvo que quedarse en clase adelantando materias durante todo el día, y encima con una profesora la cual no le caía nada bien. ¿Cómo olvidarlo?
    Y, tiempo después, todo el mundo empezó a mirarla más raro de lo normal y en una discusión en clase una compañera le dijo aquellas palabras respecto Adán.
    No podía ser casualidad.
    Habías algo que no le habían contado.
    Durante el día que estuvieron en ese jardín gigante, habían presenciado algo que no le habían contado; y ella estaba casi segura de qué podría ser o, mejor dicho, de quién se trataba.
    Le habían visto, a Adán.
    Eva dejó de correr, ya agotada. Cruzaba despacio el Puente Áureo, mirando el cielo púrpura una vez más; estaba totalmente distraída, absorta en todos aquellos pensamientos. Se preguntaba, de nuevo, por qué no habría podido nacer siendo un ángel más; una persona normal, como el resto de su clase en el instituto. Como los demás ciudadanos. Incluso como el estirado de Uriel, más o menos.
    Sin darse cuenta, al final había cruzado el puente. Sus ojos dejaron el vasto firmamento para centrarse en las murallas que rodeaban la ciudad y terminaban en el inmenso, titánico pórtico de acero que tenía enfrente.
    La famosa Frontera Santificante, que separaba Haven de las tierras que daban a Edén.
    —Bueno…— comento para sí misma, en un balbuceo -tampoco es para tanto…
    Acercándose un poco más, pudo ver a dos guardias custodiando la salida; uno era alto y corpulento, el otro no tanto pero desprendía el mismo aire de respeto. Eva se acercó poco a poco, hasta plantarse delante.
    Los hombres la miraron.
    —¿Qué quieres, niña?
    En ese momento, los guardias se dieron cuenta de que ella no era un ángel.
    —Un momento...— dijo el corpulento —¿No eres Eva, la humana?
    Ella asintió con la cabeza.
    —Sí, ¿y qué?
    Aquello molestó un poco a los guardias.
    —No deberías estar aquí— dijo el otro —, vete a casa.
    Una muestra de disconformidad nació en el rostro de Eva.
    —Quiero ir a Edén…— anunció —quiero ver a Adán.
    Aquellas palabras los sorprendieron. Pudo notarlo en sus miradas.
    —Lo sentimos pero…— dijo de nuevo el menos musculoso -sin la autorización de…
    De nuevo, esa rabia dentro de ella.
    —¿Autorización?— murmuró Eva —¡¿Necesito permiso para ver a mi propia especie?!
    La sangre de Eva hervía en sus venas.
    —¡Oye, tranquilízate!— exclamó el otro guarda —¡No puedes pasar! ¡Son las normas!
    De nuevo, esa maldita palabra.
    —Normas…— murmuraba Eva —¿Normas?— dijo más alto —¡¿Mentirme son las normas?! — estaba llena de cólera —¡¿Vivir en esta jodida ciudad sin saber nada?!— ya no podía controlar sus nervios —¡¿No tener derecho ni a conocer al hombre que me dió la vida?!
    Las venas le ardían, y lo hacían a tal punto que le dolía. Un fuerte latigazo sacudió su cerebro, como si de repente tuviera un dolor de cabeza terrible; por un instante, sintió morir, perder el conocimiento y despertar algo en su interior.
    —¡Basta ya!— exclamó el guarda —¡Fuera de aquí, o sino…!
    Pero, en ese momento, los ojos de Eva se iluminaron y el pórtico estalló en pedazos.




    Muchas gracias por leer, no olviden dejar sus comentarios. ¡Hasta el siguiente episodio!

    Last edited by Smile; 12/12/2015, 09:14.

  • #2
    Empecemos mi querido Aurico.
    Muy buen argumento. Una historia con temática religiosa y un claro repudio al racismo me encanta. Hablando de eso, gracias por no crear una raza de ángeles arios y superiores estéticamente para no ofender a nadie (pero por otro lado eso hubiera podido aumentar el contraste).
    Lo de los poderes esta bien, pero me gustaría saber si los hesed son solo poderes psíquicos o comprenden más por eso.
    Por ultimo, quisiera saber si a lo mejor Adán, al estar hecho a imagen y semejanza de Dios, es en realidad un ser superior a los ángeles, pero que esta profetizado desde que Eva nació que, si estos se ven, Adán perderá sus poderes o algo por el estilo. ¿Muy imaginativa mi teoría?¿Tiene una pisca de veracisidad?

    Fucking Dragon: 
    Aloisidad: 

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